sábado, 8 de febrero de 2014

Así

-Tráeme otra caja del almacén y tira las que están ya vacías -ordenó el empleado al becario.
El becario obedeció y a los pocos minutos volvió con una caja grande en los brazos. Era una caja de cartón, grande y aparentemente muy cargada. El empleado cogió una bolsa metálica de su interior y se dirigió a una máquina que había en la esquina del despacho. La máquina era muy extraña, parecida a una fotocopiadora, pero mucho más grande. Estaba hecha con piezas de plástico y metal de color crema grisáceo. Realmente fea.
El empleado abrió la bolsa metálica y vertió su contenido en aquella máquina. Letras, muchas letras llenaron el depósito del aparato.
Luego llegó el jefe del empleado. Venía con unos papeles escritos por el directivo, en ellos estaban todas las instrucciones detalladas. El jefe giró la manivela que había en el costado de la máquina y tecleó un código para abrir el menú de categorías: "policíaca, intriga, romance...". Seleccionó una de ellas y tiró de la palanca que activaba la máquina.
Tras unos segundos, la máquina empezó a vibrar bruscamente y a emitir ruidos desagradables. Al principio parecía que estaba estropeada, pero al cabo de un tiempo comenzó a imprimir.
Así murió el arte, así desapareció la literatura.


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miércoles, 5 de febrero de 2014

"¡Buenos días su señoría! ¡Tralarilorilorá!"

Entra en mi cuarto, abre la persiana mientras dice "A despertar" y sale a despertar a los del cuarto de enfrente. Como siempre, mi hermano se levanta automáticamente mientras yo me quedo en la cama un rato más. Son las ocho menos cuarto.
Bajo a desayunar. Uno de mis hermanos, el que duerme conmigo, ya ha desayunado y está listo para salir. Dos de mis hermanas pequeñas están desayunando en la cocina, ambas con los pelos cayéndoles por la cara de forma despeinada. Hay una taza de leche con cereales abandonada encima de la mesa. Yo me preparo la mía y me siento a desayunar.
Mientras desayuno, baja mi hermana (de las pequeñas, la mayor, pero igualmente pequeña). Se mueve muy despacio, siempre tarde. Poco después mi hermano sale del baño y viene también a la cocina. Por supuesto, era suya la taza abandonada.
Termino de desayunar y subo a mi cuarto. Por el camino me encuentro a mi hermano mayor, el que nos lleva al cole, que está bajando a desayunar.
Apenas hay palabras. Alguna queja, expediciones arqueológicas en busca de calcetines... pero siempre lo mismo, y lo menos posible. No hace falta hablar, todos pensamos lo mismo: es lunes y ya estamos esperando que llegue el viernes.


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domingo, 2 de febrero de 2014

Momento

Suspira empañando la ventana. Mira lejos, tras el cristal, viendo cómo el paisaje escapa sin que ella pueda detenerlo. Vuelve a suspirar y el chico que tiene frente a ella mira la marca de vaho que ha dejado en el cristal. Ella rehuye su mirada, no le conoce.
Sus lágrimas quieren escapar, pero ella parpadea varias veces, tratando de retenerlas. Él se da cuenta, pero no dice nada. Deja de mirarla, para no agobiarla, pero sigue pensando en ella. Finalmente, una lágrima se abre paso y recorre la mejilla de la chica hasta que, en un acto suicida, salta al suelo. Él ha escuchado el sonido amargo del choque y levanta la mirada, buscando los ojos que liberaron la tristeza.
Ella mira al suelo, con la mirada clavada en el infinito. No dice nada, no piensa nada. Solo llora. Él la mira lleno de comprensión y cierta misericordia.
Se siente observada, sabe que el chico la está mirando. Le incomoda un poco, pero no tanto como creería normal. Vuelve a mirarle, pero rápidamente aparta de nuevo la mirada. Le ha dado tiempo a apreciar que él sonríe, pero no le reconoce. No sabe quién es.
- ¡Claro!
Pero ya no está.


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lunes, 27 de enero de 2014

Dispuesto al cambio

El águila volaba plácidamente. Se apoyaba en el viento y descansaba con las alas extendidas. Apenas las batía. Sentía el viento en la cara, le encantaba. Bajo ella podía ver un vasto paisaje que ahora no describiré. Volaba sobrepasando bosques, montañas, pueblos, lagos... Sentía dominar el mundo.
Los niños la señalaban cuando la veían pasar, y a ella le encantaba. Nadie podía con ella, su mundo era perfecto. El águila profirió un chillido, alegre, majestuoso, imponente, y todos los demás animales escucharon lo feliz que se sentía el águila.
El tigre la envidiaba y deseaba poder deshacerse de ella, sin ella sospechar siquiera que pudiera existir un deseo semejante. Mientras, otros animales observaban admirados cómo volaba el águila. El ciervo se imaginaba batiendo unas enormes alas, el delfín soñaba con poder ver el mundo. Pero todo eso era privilegio del águila, no todos tenían que poder.
De pronto, el viento cambió de dirección. No lo notaron ni el mar ni la tierra, pero el águila comenzó a cansarse de batir las alas. Se sentía débil, pero no quería cambiar su rumbo. Mientras, varios kilómetros por debajo de ella, el tigre ya estaba preparado.


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domingo, 19 de enero de 2014

Un leñador engañado

- Si hubiese sabido quién había mandado talar aquel árbol no lo habría hecho. Si hubiese sabido qué querían hacer con la madera me habría negado. Mi hacha no está al servicio de intenciones de maldad, no quiero que lo esté. No me dijeron nada, simplemente me obligaron.
"Talé aquel árbol y preparé la madera para ellos, para ti. Cada vez que incrustaba el filo del hacha en el tronco me recompensaban con premios banales. Supongo que fue eso lo que me impidió pensar, lo que me empujó a continuar, sin poder deducir quiénes eran aquellos hombres... si puede llamárseles así. Siempre fui esclavo de la opinión de los demás y, sobre todo, fui preso del miedo.
"Pero hoy... hoy todo es diferente. Sigo teniendo miedo, por supuesto, pero ya no me domina. Hoy puedo gritar, ante ti y ante quien sea, que me arrepiento de lo que hice, que me enorgullezco de poder estar aquí y compartir con los afligidos el dolor de lo que hice.
El leñador calló y escuchó la sentencia llena de ironía que el emperador le impuso. Era un leñador que de haber sabido quién había dado las órdenes y, sobre todo, por qué habían sido dadas, no las habría cumplido. Extendió los brazos, no tardó en morir.


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domingo, 29 de diciembre de 2013

Éste es nuestro circo

Las lágrimas recorren mis mejillas y caen al suelo de arena. Me escuecen los ojos y las manos me tiemblan. Siento los grilletes incrustados en mis muñecas. Me queman. A mi lado, niños que no pueden gritar ni defenderse clavan la mirada en el fondo del pasillo. Es una mirada llena de miedo, de incertidumbre, de incomprensión. Me gustaría que todo esto pudiera ocurrir de otra forma, pero si así tiene que ser, estoy dispuesto a formar parte de este plan tan extraño.
Las rejas se abren y caminamos lentamente a través del pasillo, arrastrando los pies en silencio, sin atrevernos a decir nada. Tengo miedo, todos tenemos miedo, pero estoy seguro que nadie duda por qué estamos aquí, y nadie se arrepiente.
Llegamos al interior del circo. El emperador nos mira con mirada desafiante, cargada de odio, y su mirada es acompañada por los gritos de cientos o miles de personas que han venido.
Sueltan a las fieras. Mi mirada se pierde en el infinito. No trato de escapar, no trato de luchar... todo lo que tenía que hacer ya está hecho.
Un tigre salta sobre mí, derribándome, y me muerde el hombro. El dolor nubla mi vista y me impide mover el brazo. Pero no importa, lo entiendo todo. Estoy en el circo más grande que haya existido jamás. Siempre fuimos perseguidos.
Antes de expirar recuerdo sus palabras: "¿Nunca has soñado que morías en un circo romano por defender la Verdad? Mira a tu alrededor: éste es nuestro circo."
Ya puedo morir en paz.


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sábado, 14 de diciembre de 2013

Dedos como martillitos

Está nervioso. Mira por una rendija antes de salir al escenario. Ha venido mucha gente a verle. Cierra los ojos unos segundos y respira profundamente. Trata de tranquilizarse, pero no lo consigue. Tiene las manos frías y las piernas le han empezado a temblar.
Cuando oye su nombre se le agita el corazón y empieza a latirle más fuerte, más rápido. Camina erguido hacia el centro del escenario y saluda. Se mueve elegantemente, como le han enseñado.
Ajusta la altura de la banqueta y coloca los dedos sobre las teclas del piano. Vuelve a respirar profundamente y se genera un silencio profundo que invade todo el teatro. Tras unos segundos, la música empieza a sonar, rompiendo el silencio, llenando los oídos de sensaciones increíbles.
Una tras otra, las notas se suceden para crear la melodía más bella que jamás se había escuchado. El público disfruta plácidamente de aquel regalo.
Acabada la pieza, el pianista se levanta, saluda con la misma elegancia y profesionalidad con que había saludado antes y sale del escenario. No hubo aplausos: la gente había quedado tan embelesada por lo que había escuchado que olvidó aplaudir. Y es que aquella noche no solo escucharon al mejor pianista de la historia: aquella noche escucharon música.


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