miércoles, 19 de noviembre de 2014

Memorias poco recordadas

Esta entrada está dedicada a quien la ha provocado. Es una persona, a la vez que un momento, un recuerdo y, probablemente, mil casualidades. Es una de esas cosas que ocurren de vez en cuando e inspiran a cualquier escritor. Es de esas cosas que, cuando ocurren, sabes que la Magia existe y no quieres que acabe nunca.


Todo quedó en un recuerdo que se recuerda poco. Hoy todo es una imagen difusa en mi mente, ni siquiera en mi memoria.
Acabo de recordar un poco más. He podido revivir parte de aquellos años de preescolar, aquellos años que el olvido casi había acabado de hacerlos desaparecer, como si nunca hubieran existido. Quisiera recordar más, me gustaría recordarte mejor.
Apenas puedo recordar el patio de arena. Hacer "polvis" sabiendo que la arena fina era lo más valioso que había en el recreo.
Apenas puedo recordar una rodilla sangrando tras romper el cristal de una puerta porque el niño necesitaba urgentemente entrar en el baño.
Apenas puedo recordar las clases de gimnasia, hacer "esquipi" (creo que queríamos decir skipping) con las manos en la cintura y al ritmo de la música. Tampoco las obras de Navidad, los disfraces de soldadito o... ¿Robin Hood?
Apenas puedo recordar si nos gustaba ver Magic English, los ratos de la siesta, los picados. Lo que sí recuerdo perfectamente era lo mala que estaba la leche de la merienda (¿Leche sin chocolate a un niño de preescolar?).
Apenas puedo recordar el profe de deporte gritando "¡ganan los chicos!" o "¡ganan las chicas!" tras la carrera que teníamos que correr antes de empezar la clase.
Lo intento, pero no puedo. No recuerdo el sabor del membrillo, ni la alegría al ver amarillos en las notas (cuando tocaba verlos). No recuerdo lo mayor que me sentí cuando dejamos de usar los lápices de colores para usar el lápiz de mayores, ni los Belenes de plastilina, ni las infinitas cartillas que leíamos tartamudeando.
Me gustaría recordarlo, poder revivirlo todo. Hoy he estado un poco más cerca de la juventud eterna, un poco más cerca de volver a tener 4 años. Poco a poco, lo iremos consiguiendo.

Por primera vez, voy a añadir algo de multimedia en el blog. Es una canción del disco que día tras día escuchábamos al ir al colegio (¡vivan las hermanas mayores!). Espero que te ayude a retroceder en el tiempo y volverte a preocupar por no salirte de las líneas.




¿Te ha gustado? ¡Suscríbete!

lunes, 27 de octubre de 2014

Cumples

Esta mañana, mientras desayunaba, se me ha acercado mi hija pequeña. Tenía una galleta de chocolate en la mano, pero no le dio ni un mordisco. Se ha sentado en una silla que estaba sin ocupar, al lado de la mía. Arrimándose a mí, ha apoyado todo su peso sobre la mesa. Luego ha hablado bajo, como si no quisiera que le escuchase nadie más que yo. Estaba preocupada.
"Papá, yo no entiendo una cosa. A ver, el primo Talo tenía 8 años la semana pasada y de repente ha cumplido 12. A Mito le ha "pasao" lo mismo. A la hermana de Pao creo que también. ¿Qué pasa? Cuando  yo tenga 8, ¿luego cumpliré 12? Pero yo quiero cumplir 9, y luego 10 y 11. ¿Por qué ellos se saltan todos esos cumples? ¿Eso se puede elegir o es obligatorio?
Yo no me quiero saltar ningún cumple, yo quiero todos los regalos y todas las tartas. Yo quiero ir al cine el día de mi cumple, y hacer una fiesta con todas mis amigas. El año que viene voy a querer otra fiesta, y el siguiente, otra. ¿Por qué ellos se saltan tantos cumples?"
No he sabido qué responder.



¿Te ha gustado? ¡Suscríbete!

domingo, 28 de septiembre de 2014

Viaje a Pozuelo

En esta entrada pretendo homenajear a Camilo José Cela, por su libro "Viaje a la Alcarria", que he leído hace poco. Quien haya leído el libro verá desde la primera frase la influencia que tiene en este microrrelato.
Por otra parte, escribo esto porque acabo de entender que el protagonista no es el viajero. Quiero dedicar la entrada a la verdadera protagonista de esta historia.

El viajero sube al autobús. Está bastante lleno, pero aún quedan sitios. Se sienta atrás, como siempre. El viajero se siente cansado, lleva dos días intensos. Delante del viajero hay una chica que el viajero no conoce. Tampoco puede adivinar su edad. El viajero habla con ella durante el viaje.
El autobús avanza y hace las paradas oportunas. De vez en cuando alguien que entra se sienta cerca de ellos. El viajero sigue hablando con la viajante.
La viajante le cuenta mil cosas. Es bailarina. Practica ballet seis horas diarias y quiere dedicarse a ello. Dice que se irá de España. En España el baile, y el arte en general, no está valorado. La gente no tiene cultura para apreciar el arte.
El viajero tiene sueño. El viajero tiene que hacer esfuerzos para mantener los ojos abiertos. Aún así, el viajero disfruta la conversación. El viajero piensa que es una maravilla poder hablar con quien no conoce sin que a nadie resulte extraño.
Hablan más tiempo. Se cuentan muchas cosas. Al viajero le parece que el viaje es demasiado corto. Pronto llegan a Pozuelo. La viajante se despide y baja del autobús. El viajero espera volver a verla en algún otro viaje. Los viajeros y viajantes suelen coincidir en muchos viajes sin tener que planearlo.



¿Te ha gustado? ¡Suscríbete!

lunes, 22 de septiembre de 2014

El mago

Despertó temprano, como siempre. Abrió los ojos y se incorporó sobre la cama. La luz ya entraba por la ventana, anunciando un nuevo día, un nuevo día de trabajo. Se frotó los ojos y se levantó. Tenía que empezar a ensayar.
En una esquina, sobre una mesa pequeña, estaba la jaula con las palomas. Un poco más allá, en el perchero, el frac.
El mago, después de asearse, se puso el frac y comenzó a ensayar. Puso música, imaginó el escenario y el público y actuó para ellos. Aparecía con un bastón, que rápidamente se convertía en dos pañuelos blancos. Los pañuelos los aprovechaba para hacer aparecer la primera paloma.
Por una parte, aquel era el sueño de su vida. Estaba ahí para llegar a ser un gran mago, ¿quién sabe? quizás el mejor. Por otra parte... echaba de menos tantas cosas. Le resultaba duro estar tan lejos de su casa, de su familia.
Siguió ensayando. Aunque era duro, todo aquello merecía la pena. Hizo aparecer una segunda y tercera paloma, y luego ensayó una rutina de cartas.
Aquellos trucos, delante de un público, se convertirían en magia.



¿Te ha gustado? ¡Suscríbete!

lunes, 15 de septiembre de 2014

(¡quizá millones!)

Había una vez... digo, ¡muchas veces! Había cientos de miles de personas (¡quizá millones!) que estaban hartos de las promesas incumplidas. Estaban hartos de esos actores que salen en televisión, se pelean un rato y luego van a casa a descansar. Estaban hartos de ser manipulados y no hacer nada, y por eso, aquella vez sí que hicieron algo.
Y es normal, llegó el momento en que esas personas se dieron cuenta de que estaban siendo insultadas públicamente. Y no se quedaron de brazos cruzados, ¡oh! ya lo creo que no. Otras veces sí que habían pasado del tema, se habían quedado en casa y habían esperado. Esta vez no.
Fue algo que se quedará en "la historia de la Historia" para siempre. Cientos de miles de personas (¡quizá millones!) se levantaron contra los que llevaban los hilos, hablando su idioma. Hartos de tanta mentira, ellos hicieron una promesa que sí pensaban cumplir. ¡Claro que la iban a cumplir!
Salieron a la calle con pancartas, por un mundo mejor. Había alegría, pero era una alegría distinta. No porque la situación fuera buena, sino porque podía mejorar. Se oían gritos de alegría, gritos de esperanza y, ¡¿quién lo iba a decir?! los actores que llevaban el país los escucharon. Evidentemente, lo que estos actores oyeron no les gustó. No les gustó porque, quizás por primera vez en mucho tiempo, tenían que responder. Algo tenían que hacer ante el grito que oían y las pancartas que veían. Cientos de miles de personas (¡quizá millones!) pensaban, decían y gritaban al unísono:

¡Si no se deroga la ley, que no cuenten con mi voto!


¿Te ha gustado? ¡Suscríbete!

martes, 9 de septiembre de 2014

Poemas rotos

El boli deja de escribir, aún con tinta. Repasa los versos, tacha, reescribe. Lee, escucha. Comprueba las rimas y deja solo unas pocas. La mitad de los versos no terminan de convencerle, la otra mitad ni siquiera empieza. No hay forma de corregir aquello, es un desastre.
Coge la hoja, la mira una última vez y la rompe. La rompe en dos, en cuatro, en ocho. Un puzle sin resolver, un poema. Arrastra los papeles por encima de la mesa y los deja caer. Planean, poco a poco los versos van desapareciendo.
Una papelera llena. Cientos, quizá miles, de versos que nadie leerá. Odios, pasiones, admiraciones, amores, recuerdos que solo la papelera conoce. Un poeta desesperado.
Saca un folio nuevo. Lo mira. Lo mira mucho rato antes de ponerse a escribir. No hay muchas batallas más difíciles que esa. Ni siquiera sabe si ese poema lo terminará, o si acabará reuniéndose con el resto. Aún así escribe. Escribe con la inspiración de mil noches de trabajo, con la esperanza de que ese papel no quepa en la papelera.
Está harto de romper sus poemas, pero sigue buscando un poema digno. Uno, solo uno, hará que haya merecido la pena. Un buen poema, uno y no más, justificará una papelera llena y mil noches de trabajo.


¿Te ha gustado? ¡Suscríbete!

sábado, 23 de agosto de 2014

Juego de niños

Como si fuéramos niños, pero pasándonoslo todavía mejor. Diez, doce, quince personas... ¡Qué más da! Mejor cuantos más seamos. Andamos, nos escondemos, nos encuentran, corremos. Corremos por delante de esos espectros oscuros. Unos tiran, otros son tirados.
Es imposible encontrar lo que buscamos, pero seguimos en ello. Estamos cansados. Primero cae el pequeño guerrero, se levanta y sigue corriendo. Nos han vuelto a encontrar, corremos. Hierba, piedra, asfalto. Ahora cae la guerrera. Quiere seguir corriendo, pero los espectros nos alcanzan.
Tras pasar a limpiarle la herida a la pequeña guerrera, nos vemos en la cárcel. Ahí esperamos. Los espectros no vigilan, pero no podemos escapar. Sería trampa. Esperamos a que nos rescaten.
Llegan nuestros aliados, abren la cárcel y salimos corriendo. Los espectros nos han visto, pero todavía están lejos. Podemos escapar. Corremos, corremos todo lo que podemos. Cuando nos pierden de vista nos escondemos. Los guerreros están cansados, no pueden correr más. ¿Yo? Yo más que ellos. Esperamos a que nos pasen y salimos de nuestro escondite.
Tenemos que darnos prisa, el tiempo se acaba. Si no encontramos lo que buscamos antes de las doce habremos perdido. Ahora los guerreros tiran de mí. Pequeños guerreros que nunca se cansan.


¿Te ha gustado? ¡Suscríbete!