sábado, 14 de diciembre de 2013

Dedos como martillitos

Está nervioso. Mira por una rendija antes de salir al escenario. Ha venido mucha gente a verle. Cierra los ojos unos segundos y respira profundamente. Trata de tranquilizarse, pero no lo consigue. Tiene las manos frías y las piernas le han empezado a temblar.
Cuando oye su nombre se le agita el corazón y empieza a latirle más fuerte, más rápido. Camina erguido hacia el centro del escenario y saluda. Se mueve elegantemente, como le han enseñado.
Ajusta la altura de la banqueta y coloca los dedos sobre las teclas del piano. Vuelve a respirar profundamente y se genera un silencio profundo que invade todo el teatro. Tras unos segundos, la música empieza a sonar, rompiendo el silencio, llenando los oídos de sensaciones increíbles.
Una tras otra, las notas se suceden para crear la melodía más bella que jamás se había escuchado. El público disfruta plácidamente de aquel regalo.
Acabada la pieza, el pianista se levanta, saluda con la misma elegancia y profesionalidad con que había saludado antes y sale del escenario. No hubo aplausos: la gente había quedado tan embelesada por lo que había escuchado que olvidó aplaudir. Y es que aquella noche no solo escucharon al mejor pianista de la historia: aquella noche escucharon música.


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martes, 26 de noviembre de 2013

Aspirante a director

Imagina la escena:
Se oye un "Preparados, listos, ¡ya!", o alguna fórmula menos profesional, pero igualmente efectiva. "Secuencia 7, plano 5, toma 4. Claqueta". Todos están preparados, todos saben qué tienen que hacer. En la sala de al lado un pobre ignorante en el arte del cine comprueba la calidad del sonido. No puede ver la escena, pero es capaz de imaginarla.
A menudo ríen por fallos ridículos, y tienen que repetir la toma. El cámara dirige la escena. Todo está controlado, más o menos. Siguen el horario establecido: no van rápido, pero les dará tiempo a grabar lo que tenían previsto para ese día.
"Bien, tenemos veinte minutos hasta que se vaya la luz. Descanso". Juegan con los efectos del micrófono, cantan, ríen... todo está saliendo perfecto.
En ciertos momentos aquel solitario "técnico de sonido" sueña con ser director. Le gustaría poder dirigir, poder sentir más suyo aquel proyecto. De hecho, eso es lo que esperaba... pero no es así; y lo agradece: ya llegará el momento de ser director, ahora toca aprender.
La luz se va y llega la noche. Siguen grabando un rato más y, llegado el momento, dejan el rodaje durante esa jornada. Se miran, están contentos. Alegres, cansados, alguno casi emocionado. Aquel día fueron felices, aquel día comenzó un proyecto que, si todo va bien, seguirán llevando a cabo.


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martes, 12 de noviembre de 2013

Luz que ciega

No abría los ojos. No podía o no quería. El sol se filtraba a través de sus párpados y, de alguna manera, le quemaba. Sabía que aquello no podía durar y esperó unos instantes para acostumbrarse a la luz, pero no conseguía sentirse seguro. Se puso la mano en la frente, a modo de visera, tratando de amortiguar el ataque del sol. Nada. No conseguía abrirlos. Tenía miedo de quedar ciego si lo hacía, y el miedo le impedía actuar. Comenzó entonces a creer que no volvería a ver la luz.
Las lágrimas se abrían paso para escapar y escocían las mejillas en su recorrido. Desesperado, siguió esperando a que terminase aquella pesadilla, pero ésta parecía no tener final.
Así permaneció, torturado por el sol, buscando el momento propicio para ver, para mirar, para contemplar el mundo en que vivía. Pero las horas pasaban y sus párpados eran cada vez más débiles, fatigados por el sol. Finalmente se rindió, cubrió sus ojos con la misma venda que le había acompañado en los últimos meses y pidió que le volvieran a secuestrar.


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domingo, 13 de octubre de 2013

De la noche a la mañana

Nadie podía escuchar lo que pasaba detrás de la puerta verde. ¿Había alguien ahí dentro o estaba vacío? Era imposible escuchar nada.
Los dos niños se miraron, sin intercambiar palabras. El que llevaba la linterna empujó la puerta, intentando abrirla, pero la puerta no cedió. ¿Hacia dónde llevaba? Ambos querían saberlo, pero no les convencía el momento en que habían ido a averiguarlo.
De pronto, un ruido fuerte y seco salió del interior de aquella misteriosa habitación que, según parecía, llevaba años cerrada. Los dos se asustaron y se escondieron como pudieron.
Al cabo de unos minutos, cuando todo parecía continuar con normalidad, volvieron a investigar la puerta, pero pronto se rindieron.

A la mañana siguiente, con la luz del sol, pudieron comprobar cómo cambiaba la puerta del trastero de la noche a la mañana.


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lunes, 30 de septiembre de 2013

En quince minutos

Suena el timbre y los bolis dejan de escribir. Los libros se cierran, las miradas se distraen y se escucha la tan recurrida frase "La clase acaba cuando lo dice el profesor". Segundos después los niños corren por los pasillos y saltan los escalones de dos en dos, o incluso de tres en tres.
En el patio hay un solo campo de fútbol que es atravesado por seis o siete balones, cada uno en una dirección. Algunos corren detrás de los balones, sin saber bien con cuál están jugando; otros, por el contrario, prefieren sentarse en el suelo y charlar. Solo tienen quince minutos, pero ellos saben cómo aprovecharlo.
En una parte del patio, un chico trata de conquistar a una doncella; en la otra dos amigos estudian el examen que tienen después. Un grupito se reúne para contar chistes y reír un rato, y un par de chicas hablan mientras dan vueltas al campo de fútbol.
Hay incluso quien aprovecha ese rato para echar una cabezada, sin preocuparse de mal alguno; en el lado opuesto del patio hay una chica llorando por mal de amores, mientras su amiga trata de consolarla.
Todo esto en quince minutos, pero cuando el timbre suena (o unos minutos más tarde) los balones dejan de rodar, el grupito deja de reír, el chico deja de dormir y la chica deja de llorar. Todos se vuelven a clase, sin gana alguna, estando en el error de creer que nunca lo echarán de menos.


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jueves, 5 de septiembre de 2013

Que no te vea

- Creo... creo que no estoy preparado todavía.- decía tímidamente con su cara de inocencia.
- Claro que sí- le animaba quien parecía su jefe.-, te has entrenado para esto.
- Ya pero los entrenamientos eran muy distintos a lo que ahora veo.- su voz reflejaba miedo, miedo a fracasar en una misión que, según creía, no era para él.
- Ven, te enseñaré dónde estarás y quién será tu objetivo. Es importante que nunca le pierdas la pista, nunca le dejes solo y... que no te vea.
Pasearon por las calles, por los edificios, por los pasillos que recorría diariamente el individuo que sería el objetivo del recién salido de la academia. Observaron sus hábitos, sus pasatiempos, sus costumbres, su trabajo, su vida cotidiana, en definitiva, todo lo que hacía en su día a día.
El jefe miró al novato con expresión empática.
- Podrás hacerlo, confío en ti. Eres el mejor para vigilar a este hombre. Eres quien más puede ayudarle.  Esta misión es para ti, quiero que seas tú.
- Si esa es tu voluntad, que así sea.
Y sin decir más, el recién estrenado ángel de la guarda batió sus alas y acompañó, guió y protegió al hombre todos los días, aunque éste no le veía.


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sábado, 31 de agosto de 2013

Cuestión de tiempo

Cierto día colocaron en la cafetería del colegio una máquina expendedora. Gran error. Todos los niños querían ir a verla los primeros días, algunos se subían a ella, otros le daban golpes para ver si caía algo... hasta que a alguien se le ocurrió ver qué había dentro.
Comprobó que no había que echar monedas para comprar, pero, según recomendaba un papel que estaba pegado a la máquina, tampoco convenía abusar demasiado. "No más de un sobre al día". Cada niño apretaba el botón y recibía un pequeño sobre metálico del que sacaba una hora. De esta forma, cuando los niños iban a aquella máquina expendedora conseguían una hora más para su día.
Meses después tuvieron que retirar la máquina. Por supuesto, los niños cogían más de un sobre al día, como una adicción, cogían sobres sin necesitar ese tiempo. Cuantos más sobres cogían más tiempo desperdiciaban. Pasaban el tiempo de su vida sin vivir, lo único que tenían era tiempo. Y es que resulta que vivir no es cuestión de tiempo.


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