viernes, 3 de julio de 2015

Encuentro

Y de pronto, en un momento, lo entendió todo.
Lo entendió mientras caminaba. Tenía la frente empapada de sudor y las gotas le caían arrastrándose por las patillas.
Respiraba agitado. No estaba acostumbrado a hacer ese ejercicio físico. El sol, que aparecía de repente cuando la niebla desaparecía, golpeaba fuerte, sobre todo en el cuello. No se había echado crema, no llevaba.
Caminaba más bien encorvado, a pesar de que la mochila no le pesaba demasiado. Las pendientes empinadas le iban a causar dolor de espalda.
No solía llevar bastón, y tampoco hacía demasiadas paradas. De hecho, las paradas que hacía eran cortas, muy cortas. Incluso demasiado cortas. Un día recorrió casi 30 kilómetros parando apenas unos minutos. Era lo malo de caminar entre los últimos.
Pensaba, meditaba, reflexionaba. Hablaba y al hablar descubría. No caminaba solo. La compañía le parecía la mejor. Era la mejor. Fue por eso por lo que lo entendió todo. Miró a su alrededor y dejó de pensar. Ya no se trataba de pensar. Miró a los demás. En ellos encontró lo que buscaba.



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martes, 19 de mayo de 2015

El naranjo de Inesita

De vez en cuando, Inesita se asomaba a la valla para ver el jardín de su vecino. Era un jardín enorme, majestuoso. Casi todo estaba cubierto de césped, salvo una pequeña plaza que estaba justo en mitad. La plaza era de piedra.
En medio de la plaza, dando mayor majestuosidad, un naranjo adornaba el jardín. A Inesita le encantaba ese naranjo: era realmente precioso.
Cuando fue su cumpleaños, su padre le regaló unas semillas de naranjo. Inesita las plantó y todos los días se sentaba a su lado, esperando que un día al volver del cole, se encontraría con la majestuosidad de su naranjo.
Lo regaba todos los días, e incluso le hablaba. Había oído decir que eso era bueno para que creciera fuerte. ¡Tenía tantas ganas de tener su propio naranjo! Alto, hermoso, elegante.

Algunos años con el naranjo adulto han sido suficientes para que Inesita ya no lo quiera tanto. No sabría decir si se ha aburrido de él, o si, simplemente, los naranjos no están hechos para la gente mayor. Sin embargo, el naranjo sigue siendo precioso, aunque Inesita no lo vea.

Lo olvidará, lo dejará de regar y, al final, el naranjo acabará muriendo.



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sábado, 14 de febrero de 2015

Día de cole

Cuando Pedrito se tropezó con la piedra cayó al suelo. Le sangraba la rodilla, pero no tanto como él decía. Su profesora le echó agua y le limpió la herida. Dani estaba a su lado, mirando, sin hacer nada. Dani era su mejor amigo.
Aquella vez, Pedrito no lloró. En realidad, hacía ya mucho tiempo que no lloraba. Más de una semana y media. Pedrito era el segundo más fuerte de la clase.
Cuando la profesora terminó de limpiarle la herida, Pedrito se fue con Dani a jugar al fútbol. A Dani no le gustaba mucho el fútbol, pero se le daba bien. Le encantaba jugar, era el mejor.



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viernes, 9 de enero de 2015

Con línea

A: ¿Te acuerdas cuando, de pronto, se nos olvidaba que éramos adultos?
B: No era lo único que pasábamos por alto.
A: Cierto, también olvidábamos que existía la vergüenza.
B: Pero hacíamos bien: no debería existir. Total, ¿para qué?
A: Es verdad, ¿para qué? Solo nos habría sacado de unos cuantos problemas.
B: (Ríe) Pero esos problemas... digamos que sin esos problemas la vida no tendría mucho sentido.
A: ¡Y aún así nos intentábamos librar! No teníamos ni idea que esos castigos acabarían siendo nuestros mejores recuerdos.
B: Sin duda.
A: (Ríe) Se acabó eso de intentar librarse de lo que merecemos. ¡¿Cómo se nos pudo pasar?!
B: Tú lo has dicho: nunca más. Que no se nos pase por alto nada más.
A: Me parece que siempre se nos pasa por alto lo más importante: ¿Te acuerdas cuando, de pronto, se nos olvidaba que éramos niños?



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viernes, 2 de enero de 2015

Sin línea

A: ...
B: No era lo único que pasábamos por alto.
A: ...
B: Pero hacíamos bien: no debería existir. Total, ¿para qué?
A: ...
B: (Ríe) Pero esos problemas... digamos que sin esos problemas la vida no tendría mucho sentido.
A: ...
B: Sin duda.
A: ...
B: Tú lo has dicho: nunca más. Que no se nos pase por alto nada más.
A: ...



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lunes, 15 de diciembre de 2014

Sofá para dos

A veces para llorar no se necesitan lágrimas, todos lo saben. Para llorar de alegría, tampoco. Es más bien una sensación de ensalzamiento del alma, como si pudieras sentir el cielo y saber que es real. Aunque solo sea por un momento.
Para sentir el cielo no se necesita el tacto, el gusto ni el olfato. Quizá tampoco los otros sentidos, no lo sé. Solo se necesita una princesita que te haga ver que, efectivamente, lo esencial es invisible a los ojos. Que te abra el corazón, que te cuente cosas que ya estás harto de oír, pero de otra manera. Que su forma de hablar embelese tus oídos, que su voz sea más música que la que acabas de escuchar o estés escuchando.
Si el mundo supiera quién es esa princesita que convierte media hora de espera en media hora de la forma más bella de felicidad sería un mundo mucho más pleno. ¡Ay, si el mundo conociera a mi princesita! Entonces el mundo tendría esperanza.
No sé quién puede entender lo que siento. Quién pudiera pensar que después de tanto tiempo volvería a escribir de verdad. A pesar de que, quizás, mi princesita no lea esto, quiero trazar unos torpes intentos de que entendáis quién es la princesita:


Una pequeña charla
(menos de media hora),
una niña majara
y a la vez encantadora.

Dos trenzas de oro,
una apariencia perversa
y un momento solo
la convierten en princesa.

Dime, ¿Quién eres?

Un poco de cielo,
un día de nieve,
la ilusión del invierno
cuando llegan los Reyes.

Dime, ¿Quién eres?

La belleza de un artista,
el pensamiento del más sabio,
la obra más realista
que logró hacer el mejor mago.



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jueves, 4 de diciembre de 2014

Burbuja

Escribo esta entrada con algunos días de retraso, espero que se me perdone. Quiero dedicársela a todo aquel que sienta que la entiende de verdad y, sobre todo, a todos los que la hemos vivido, riendo o llorando.

¿Cuánta gente habría? Quizá cuarenta y cinco... no creo que llegue a cincuenta. Todos mirando hacia abajo. Un papel y un boli para un ejercicio que, sin ellos saberlo, sería motivo de conversación el resto de la semana... y quién sabe cuánto más.
Más o menos diez minutos. Cuando todos acabaron entregaron los papeles. Eran cartas hacia alguien sin nombre, escritas por un tal "Anónimo". Ese Anónimo ¡cómo se desahogó!. Dos alumnos leyeron muchas de las cartas en voz alta. Anónimo no tiene pinta de tener muchos amigos. No parece quererlos.
No conoce a casi nadie, pero se atreve a juzgar a cualquiera. Apenas se sabe los nombres de la gente, pero ya sabe quién va a ser su amigo y a quién no quiere conocer. Sobre todo a quién no quiere conocer. Eso parece tenerlo clarísimo.
Anónimo acaba de empezar la universidad: solo le quedan cuatro años antes de que su burbuja rompa y el mundo descubra su nombre.



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